La noche...
Si, otra vez la noche.
Vuelve a ser pesada.
La tarde engaño con un breve rayo de sol que rompió el frío.
Mientras caía el dia, en el ocaso de pronto el cielo se cubrió por completo.
A lo lejos quizás llueve, pues aquí el petricor deambula entre las calles de piedra.
Las hojas sumisas al viento se chocan entre sí produciendo con su mullido alboroto una sensación de melancolía.
Por fin la tarde le dio paso a la noche y esta con tristeza sepulcral deja caer las primeras lágrimas al suelo.
Se oye ese chasquido eterno, pristino, dulce que acompaña al ser humano desde siempre. Aquí donde estoy a pasos del puente que me separa por unos metros de la ciudad veo como el río lo pasa por debajo. La ausencia de personas hace de esta visión un espectáculo fantasmal. La ilegal de faroles que custodian el empedrado paso, se me antojan erguido gendarmes apostados a ambos lados de ese elevado cruce viéndome pasar sin quitar sus agudos ojos de mi figura que parece arrastrar tras de si, todos los recuerdos. La lluvia por su parte, comienza a caer. Mis pasos son lentos, el agua se cuela por mi cuello atravesando mi cuerpo hasta completar mis zapatos. No siento frío, la gracia divina a mirado para otro lado, y yo sigo adelante en pos de no se qué, un no se que que aguarda entre callejuelas y oscuridad.