Allí, donde la bruma aparta la ruta de la costa.
Donde las rocas han despedazado a miles de almas.
Allí, en la solitaria mar lejos de todo.
Las olas, golpean incesantes, los vientos empujan con gran ferocidad y la oscuridad me envuelve con su frío misterio.
He querido ser faro sí.
Y lamento mi tardía presencia.
Lamento que algunos navíos hayan descendido al fondo del abismo antes de mi.
Pero lo que más duele, lo que suele quitar el sueño, es ver como otros encallan, se despedazan contra las rocas y se hunden, aún teniendo frente a sí, el fulgor indomito de la mirada que guía y enseña con eterna energía los caminos frente a ellos.
Cuan vulgar puede llegar a ser el orgullo.